GERMÁN VALLE HEREDIA

Arch & Media

La recta y la curva, figuras entre la geometría y la moral

En el fragor de una batalla de las guerras Médicas los ensordecedores gritos dejan entrever entre la algarabía diferentes sonidos: las espadas chocan y las flechas surcan el aire; las rectas colisionan, lo curvo envía la muerte desde lejos.

Como en toda la moral humana, la recta y la curva son un juego de matices: No hay vida sin muerte, luz sin oscuridad…Tal como una persona puede establecerse  recto ante la vida, dando su mejor rostro a lo que se le oponga, puede en otro momento doblarse para afrontar la adversidad. El momento y la acción, volátiles, implican un cambio en la actitud de la persona, de manera que pueda adaptarse a la situación.

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Para los griegos antiguos, una de estas actitudes era inherente al héroe, belicoso y directo, capaz de mirar al rostro enemigo y olvidar cualquier temor; la otra a un soldado más astuto, escondido quizás, urdidor de tramas que le permitían salir airoso de la situación.
Y así, sus armas son un ejemplo material de la concepción de la guerra en cada arquetipo de soldado: la espada se empuña para el combate cuerpo a cuerpo, conlleva la fiereza de una lucha directa, mientras que el arco se utiliza desde la distancia, se tensa curvándose, y curva es la trayectoria que debe trazar la flecha en el aire si quiere alcanzar grandes distancias.

Por otro lado, en Egipto la curva y la recta encontraron una personificación deificada. La diosa Maat aparece como una representación de un concepto filosófico que rige la vida del egipcio. Para nosotros ese concepto se traduce por “verdad” pero la idea iba más allá.¹
En una misma deidad encontramos los dos conceptos que estamos tratando. Maat era la rectitud del alma y del buen hacer, pero en su cabeza portaba una pluma, curva en su liviano movimiento al disponerse sobre la balanza que pesaba el corazón de los difuntos tras su paso en la tierra.

Encontramos también a la diosa en el crepidoma sobre el que se eleva Ptah, deidad constructora egipcia, que se nos presenta firme sobre la verdad y la rectitud para ejercer sus habilidades, sujetando además una vara que le aporta estabilidad, la misma que él ofrecerá a las obras que ejecute sobre el suelo.
En ambos dioses residen sendos conceptos geométricos como formadores de un único ideal, que en Ptah dan forma a lo construido y en Maat ejemplifican su complejidad, que el egiptólogo E.A. Wallis Budge describe como “la concepción más alta de la ley moral y física, el orden para los egipcios”

Ordenar  en este caso no es dar un nuevo significado a elementos que surgían del desorden, se usa como rectitud moral que acompaña a todo el proceso constructivo, ésta se nos aparece en el suelo, marcando los trazos definitorios de aquello que será; también en el cuerpo de lo edificado, estableciendo límites entre su materialidad y el espacio que roba a las potencias celestiales; y en la cubierta, definiendo el cobijo que bajo la égida del edificio encontramos. Pero es sobre todo un elemento fundacional: la creación surge de un trazado recto, ya sea por cuerdas tensadas que delimitan un terreno, o marcado por el arado de un hombre, tal como hicieron Rómulo y Remo al separar el terreno de lo que sería Roma.

La mano del constructor a la hora de realizar estos trazos se ve movida por fuerzas superiores a la persona. El alma humana, como postuló Blaise Pascal, es como una caña, el símbolo que los líderes mesopotámicos portaban como muestra de su rectitud, pero también volátil y curva en su adaptabilidad al viento que la mece.
Así, de la etimología sumeria “gi-na” (que implica en la misma idea la caña y el ser estable) procede “qanah”, crear en hebreo, relacionada con nuestra caña y Caín, que en su propio nombre implica la concepción dual de la recta y la curva, uno entre muchos personajes constructores míticos que ofrecen dos caras, intercambiables cual máscaras de teatro.

Caín y Abel, al igual que Rómulo y Remo, son ejemplos de estos seres creadores que surgen del conflicto entre hermanos. Caín tras asesinar a su gemelo Abel y Rómulo tras hacer lo propio con Remo, fundan una ciudad, que otorga albergue y cimiento para la civilización. Así pues, todo constructor mítico, capaz por un lado de edificar, de ordenar elementos y obtener  mediante la rectitud cobijo para la humanidad, es capaz por otro de doblarse al instinto, de cometer asesinatos, de someter a allegados a un castigo mortal.
Pero sus acciones no son juzgadas de manera que se les imposibilite el hecho de crear. Con lo curvo de doblegarse ante sus actos más oscuros se les faculta como portadores de las artes edilicias, surge de sus propias acciones la posibilidad de anteponerse a la adversidad que significa componer realidades mediante las rectas. Los antiguos sabían que las mayores obras implicaban sacrificios, y que las grandes personas debían poseer ambos aspectos como dos caras de una única moneda.

Como veíamos al principio hablando del imaginario bélico griego, a fin de cuentas, tanto la diferencia entre las armas como entre ejecutores se reduce a la nada, ambas opciones implican un derramamiento de sangre, ninguno de los dos escapa a un conflicto en el que sólo puede prevalecer uno de los contrincantes. La recta de la espada o lo curvo del arco servían a un mismo fin.

Tal y como el Noé sumerio Utnapishtim encontró en las cañas la salvación a su diluvio, hagamos nosotros lo propio en aceptar esta dualidad inherente a nosotros, el saber encontrar un resultado apropiado a cada situación y reforzar nuestra duplicidad, la ambigüedad de dos rostros que todos portamos en el interior, y que en los mitos y tradiciones del pasado encontramos.²

¹ Armour R.A. (2006) Dioses y mitos del Antiguo Egipto. Madrid: Alianza Editorial

²  La mayor parte de las ideas aquí trabajadas proceden del curso “Mitos y arquitectura en occidente” impartido por Pedro Azara en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona. 2011

Figura 1. Battle of Plataea. Recuperada de https://www.google.es/

Fecha original del artículo: Mayo de 2011

 

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